En la enfermedad de Parkinson  se produce una degeneración de las neuronas que segregan un neurotransmisor llamado ‘dopamina’, con más intensidad en algunas estructuras del cerebro como la Sustancia Negra y el Núcleo Estriado. La dopamina es importante porque ayuda a regular nuestros movimientos y porque participa en el equilibrio y la marcha.

Los afectados por esta patología sufren síntomas variados. Dentro de las alteraciones motoras encontramos el reconocido temblor en reposo, la rigidez, la lentitud en los movimientos y caídas frecuentes por problemas de equilibrio.

Aunque allá en 1817 James Parkinson no los contemplase, cada vez se otorga más importancia a otras dificultades que afectan seriamente la calidad de vida de los enfermos. Estas alteraciones tienen que ver con el funcionamiento cognitivo y con cambios de personalidad consecuencia de las alteraciones cerebrales. Así, los pacientes de Parkinson suelen ser más lentos al procesar la información y responder, les cuesta acceder a los conocimientos que tienen en la memoria o mantener su concentración y tienen una menor fluidez verbal. También presentan lo que se conoce como síndrome disejecutivo, que les supone problemas a la hora de resolver problemas, planificarse, tomar decisiones, ser creativos y mentalmente flexibles, o mantener una buena memoria de trabajo. Los problemas con la percepción del espacio también son relevantes pues les dificultan actos tan simples como alcanzar un objeto o distinguir la altitud de un escalón. Finalmente, muchos de ellos pueden presentar obsesiones, compulsiones, apatía y alucinaciones, en parte como efecto secundario de los tratamientos farmacológicos, siendo lo más frecuente la depresión, en hasta un 40% de los afectados.

¿Cómo se trata la enfermedad de Parkinson?

El tratamiento farmacológico de la enfermedad de Parkinson suele incluir la levodopa, los agonistas de la dopamina o ciertos inhibidores de la monoaminooxidasa y de la catecol-O-metiltransferasa. Otro tipo de intervención más invasiva es la estimulación cerebral profunda de estructuras cerebrales como el núcleo subtalámico o el globo pálido. Las aproximaciones terapéuticas con menos efectos no deseados suelen incluir el ejercicio físico, la realidad virtual y la rehabilitación cognitiva. En este sentido, un artículo publicado en la revista Movement Disorders en 2011 mostraba como, con sólo cuatro semanas de un programa de entrenamiento con técnicas multimedia y otras más tradicionales, los pacientes mejoraban sus niveles de atención, memoria, percepción, fluidez verbal, funciones ejecutivas y velocidad de procesamiento de la información. Teniendo en cuenta que entre el 15% y el 30% de los enfermos suele evolucionar a una demencia, la intervención cognitiva parece ser un elemento relevante que favorezca el desarrollo de una mayor reserva cognitiva y retrase los efectos del deterioro cognitivo al máximo.

Marisa Fernández, Neuropsicóloga Senior, Unobrain
muyinteresante.es